Valores y Educación

Introducción y conceptos

Valores y educación son cuestiones de permanente actualidad. Se han convertido en objeto de interés en todos los ámbitos de la sociedad. Con suma frecuencia esta  importancia se evidencia en medios de comunicación y publicaciones no especializadas.

Este fenómeno es, lógicamente, de especial intensidad la educación en tanto que el acto educativo conlleva siempre una relación explícita o implícita hacia el valor; la educación en su misma esencia y fundamento es valiosa.

Desde la Teoría de la Educación, es importante indagar en estos  aspectos: educación y valores así como su relación para poder obtener información sobre el sistema de valores que pretende transmitir el sistema educativo y, como consecuencia, el modelo de persona que aspiran alcanzar en sus educandos.

La persona, considerando lo que de humana tiene, «es» en tanto que posee un conjunto de valores que dan sentido y orientan su existencia. Según se considere que el ser humano crea el valor, lo descubre, o ambas cosas a la vez, se optará por un modelo u otro, se tendrá una perspectiva u otra.

A través de la educación la persona se conforma y desarrolla. La relación entre valores y educación está en el origen mismo de la educación en tanto que ésta es una opción de valor. Analizar el valor, constatar su importancia en la educación, indagar en valores en la educación es preguntarse por el qué, cómo y para qué de la educación, es preguntarse por la esencia misma de la educación (Gervilla, 1988). Los valores y la educación son elementos fundamentales en el desarrollo de la persona, radicando en ello la necesidad e importancia de su estudio.

Nuestra escuela se define como plural, pretende una educación en las diversas opciones que conviven en nuestra sociedad. En las sociedades democráticas desarrolladas como consecuencia del proceso de globalización, conviven jerarquías de valores contradictorios o antagónicos entre ellas. Nuestra sociedad es plural con multitud de posibilidades y debemos aprender a convivir en esa pluralidad.

Nuestro sistema educativo llevando a cabo el artículo 27 de nuestra Carta Magna reconoce esa pluralidad y la legislación que desarrolla ese artículo también. La elección educativa es un derecho reconocido por nuestra Constitución, siguiendo las recomendaciones de los Organismos Internacionales quedando así recogido en la normativa jurídica de nuestro país. Este marco general requiere de cada centro, como condición previa a la propia educación, la elaboración de un plan de acción en el que se especifique la identidad del centro, las finalidades educativas y la comunidad educativa, en definitiva, el modelo de persona que pretenden alcanzar. Se expresa, explícita o implícitamente, la jerarquía de valores de los centros en los que unos son más estimados que otros, y se manifiesta un compromiso con unos determinados valores siempre dentro de los principios democráticos.

La concreción de esos valores, de ese modelo de persona, la realiza cada centro a través de los «proyectos educativos» en los centros públicos, y de los «idearios” o “carácter propio» en los centros privados, según  estipula la legislación vigente. Que los centros juegan un papel fundamental en la concreción y transmisión de los valores, que conformarán el modelo de persona, es indiscutible. La cuestión está en la diferenciación entre centros.

Los valores proporcionan los propósitos o metas que el sistema educativo pretende alcanzar, el modelo de persona que pretende para sus educandos y es que el para qué educacional no es unívoco, es plural y es necesario conocer esa pluralidad.

2. CONCEPTO DE VALOR

Tener valores es propio de la persona. Se ha llegado a decir que la persona es por esencia, valorante  (MARÍN IBÁÑEZ, 1993). El ser humano de continuo está valorando y, esto hace que esta actividad se convierta en una de las más importantes de su vida. En cada palabra, en cada instante estimamos, reconociendo un “valor o un antivalor” a cuanto experimentamos, por lo que es posible afirmar que el “valor” es inherente al ser humano.

El mundo de los valores se ha definido como una selva desconcertante, situación que conducía a los especialistas en educación a obviar los valores (MARÍN IBÁÑEZ, 1993). También  se ha definido el valor como «una de esas ideas oscuras, cuyo signifi­cado, a primera vista claro, se evapora al intentar definir­lo» (DREEBEN,  1985: 75). Para otros, el panorama es aún más desolador porque consideran que preguntarse por los valores es preguntarse sobre “qué” es el hombre y “a dónde” va, cuestiones éstas que han sido motivo de interés del Homo Sapiens desde el inicio de su existencia y que aún no han recibido respuesta unívoca.

Esta preocupación e interés son los que nos hacen aproximarnos al mundo de los valores, así como intentar satisfacer la demanda que se reclama de estudios sobre el tema por parte de la sociedad en general y de la comunidad educativa en particular.

Las aclaraciones terminológicas, o lo que es lo mismo, la precisión en el uso de vocablos y conceptos en Ciencias de la Educación, es una labor ardua y solicitada por todos (FULLAT, 1979; LERENA, 1983; etc.). Sólo siendo precisos en la utilización del lenguaje en Ciencias de la Educación, evitaremos el caos en el que se sumerge  la comunicación educativa. Es por esto que nos aproximaremos al concepto de valor desde diferentes perspectivas, en un intento de abarcar sus significados.

2.1.  Aproximación etimológica.

Retomando la frase de LERENA (1983: 9) «Si se quiere empezar por el principio, el principio son las pala­bras»; referido a la  expresión que nos ocupa, valor, encontramos diversas significaciones. El Diccionario de la REAL ACADEMIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA (1994) concede al término valor once acepciones diferentes de los que hemos seleccionado las afines al significado que nos interesa y que son las siguientes:

  1. Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite.
  2. Cualidad de las cosas, en cuya virtud se da por poseerlas cierta suma de dinero o algo equivalente.
  3. Alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase.
  4. Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar sin miedo los peligros.
  5. Subsistema o firmeza de algún acto.
  6. Fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas para producir sus efectos.

Estos seis significados nos llevan a la conclusión de que valor, desde la concepción vulgar del término, es todo aquello que no nos deja indiferentes, que satisface nuestras necesidades, que destaca por sí mismo; o bien cualidad de las cosas, del ánimo, osadía o firmeza.

Llama la atención que en el Diccionario de la REAL ACADEMIA ESPAÑOLA hay diferencias en el significado del término valor entre las dos últimas ediciones del mismo. Esta situación se puede apreciar analizando el significado que a valor se le otorgaba en la edición de 1970 y la de 1992, en la que se han mantenido las anteriores, pero se ha introducido otra nueva de especial interés para nosotros:

«Cualidad que poseen algunas realidades, llamadas bienes, por lo cual son estimables. Los valores tienen polaridad en cuanto son positivos o negativos, y jerarquía en cuanto son superiores o inferiores.»

La introducción de esta nueva acepción es muy interesante y puede explicar que determinadas concepciones de valor estén asociadas a unos contextos sociales concretos, ya que una voz es inseparable de los presupuestos ideológicos, del contexto social en que se  produce. Los presupuestos conceptuales que se han introducido como novedosos son que los valores están al margen de las personas, están en las cosas o realidades y que cuando son positivos se llaman bienes.

El estudio etimológico nos puede ayudar pero no es suficiente, no siempre nos dice el camino a seguir en una adecuada aproximación  científica. El diccionario aporta la información de que el término valor es un vocablo cargado de significado ideológico con lo que está advirtiendo que es un aspecto a considerar. También nos informa de las dos características más importantes de los valores, la polaridad y la jerarquía, que trataremos posteriormente.

El análisis del origen del término ayuda a clarificar el concepto objeto de estudio. Así al término valor se le encuentran varias procedencias: de valer y éste del latín valeres (ser fuerte y vigoroso) (FULLAT, 1988b) o del latín valor – oris (REAL ACADEMIA ESPAÑOLA, 1994). En los diccionarios de latín consultados, en la sección latín – español  no encontramos estos términos. Sí aparece en la parte de español – latín remitiéndonos a pretium-ii (precio); aestimatio – onis (valor legal); audacia – ae (atrevimiento); fortitudo – inis y virtus – utis (valentia); animus – i (ánimo, valentía espiritual) (DICCIONARIO ILUSTRADO LATINO-ESPAÑOL/ESPAÑOL-LATINO, 1964).

Como podemos apreciar en la evolución  etimológica del vocablo, se ha reunido en una sola expresión varios términos y significados que, en su esencia, coinciden con los recogidos en el Diccionario de la Lengua Española. No obstante la evolución histórica de valor nos demuestra que se han introducido significaciones nuevas más acordes con el momento histórico actual como antes mencionaba.

Conocer la evolución etimológica, sociológica e ideológica de un vocablo nos ayudará a comprender algunos matices de significado que posee esa voz, pero es insuficiente en tanto que no abarca toda la realidad o conjunto de fenómenos a los que se designa con ese término. Concretamente el análisis etimológico nos revela que los significados actuales asignados a valor no son novedosos, lo innovador es unificarlos en un solo término. Probablemente éste sea el origen de la confusión de su significado, ya que un solo término pretende designar varias realidades, en algunas ocasiones que no tienen ninguna relación entre sí, mientras que en otras están íntimamente unidas y lo que las diferencia son sólo matices.

2.2.  Sobre el concepto de valor.

Una de las conclusiones a la que hemos llegado en el punto anterior es la de que  valor es un término cargado de significado ideológico.

Valor ha sido definido, por los expertos, de muy diversas formas según consideren que están en el sujeto, en el objeto, en ambos, sea una idea o trasciendan a objetos y sujetos.  Podríamos decir que casi cada persona que ha intentado acercarse al término valor ha aportado su propia definición de él. A continuación exponemos algunas concepciones y definiciones. En su selección se ha utilizado el criterio de que sean representativas de las diferentes posturas manifestadas ante el valor:

  • «Son entes parasitarios en tanto que necesitan de algo para poder maifestarse» (FRONDIZI, 1977: 26).
  • «Todo aquello que no nos deja indiferentes, que satisface nuestras necesidades o que destaca por su dignidad» (CASTILLEJO, 1983: 1394).
  • «Normas de conducta moral amplias y perdurables que aplicamos a una gran variedad de situaciones en nuestras vidas» (DREEBEN, 1985: 82). En esta misma línea se inscribe la concepción de valor que lo considera como una realidad de orden ideal ya que no existe por sí solo sino en referencia a, son los criterios que guían nuestro comportamiento (LÓPEZ y DE ISUSI, 1986: 31-39).
  • «Fenómenos psicosociales intraper­sonales muy característicos y, por lo tanto, son conformados a partir de la interacción del sujeto con su ambiente» (ESCÁMEZ y ORTEGA, 1986: 114).
  • «Entendemos por valor todo aquello que rompe nuestra indiferencia, lo que anteponemos y preferimos, lo que enciende nuestras estimaciones e imanta nuestra tendencia para su goce, consecución o realización, porque lo que estimamos mejor que su contrario, porque le reconocemos alguna dignidad» (MARIN IBAÑEZ, 1991: 718).
  • «El símbolo resulta inseparable del valor. Un símbolo, además de remitir a un significado, es un horizonte de sentido, es un punto de apoyo o de referencia a acciones y decisiones. Éste es el significado de valor» (MELICH, 1996: 107).
  • «El valor es una cualidad del objeto en relación con las necesidades del sujeto; es pues objetivo (objetivismo axiológico). Surge con el interés del sujeto, pero no consiste en el interés del sujeto (según pretende el subjetivismo axiológico)» (QUINTANA, 1998: 134).
  • “el valor es un modelo ideal de realización personal que intentamos, a lo largo de nuestra vida, plasmar en nuestra conducta, sin llegar a agotar nunca la realización del valor. El valor es como una creencia básica a través de la cual interpretamos el mundo, damos significado a los acontecimientos y a nuestra propia existencia” (ORTEGA y MINGUEZ, 2001: 20-21).

Estas definiciones, seleccionadas entre muchas otras, llevan a la conclusión de que valor tiene múltiples significados y, como consecuencia, no encontramos acuerdo en qué es, qué realidades abarca y qué fenómenos define.

Está claro que  es una creencia prescriptiva y perdurable, ya que es una concepción de lo deseable, es una preferencia que incluye, en mayor o menor grado obligación, que se aprende dentro de un grupo social, por influencia social en los modos de conducta, pero que también se interiorizan y se discrepan con lo que adquieren individualidad. Los valores, al ser convicciones de lo preferible, con calidad de obligatoriedad en tanto que producen satisfacción, refuerza el autoconcepto que de sí mismo se ha formado por influencia social. Simultaneamente los valores son perdurables y flexibles esto hace que se puedan recolocar en la jerarquía de las prioridades preferibles e incluso introducir nuevos, si así se considera oportuno, cuyos resultados repercuten en la experiencia personal, en la sociedad y en la cultura.

Llegado este momento podría esperarse que se ha de optar por una u otra definición. Esta elección no es fácil pues todas aportan alguna información interesante sobre el valor. Seleccionar una supondría obviar atributos y cualidades o simplemente aspectos de la realidad, sería concebir parcialmente el fenómeno. No obstante escogemos la definición que del profesor GERVILLA que considera que «el valor es una cualidad ideal o real, deseado o deseable por su bondad, cuya fuerza estimativa-utópica orienta la vida humana» (GERVILLA, 2000a: 17),  ya que es una visión de síntesis del fenómeno en la que se recogen todas las cualidades y atributos, que percibe el fenómeno de forma global, intentando abarcar todas sus realidades.

Resumiendo, al abordar el estudio de los valores comprobamos que nos encontramos ante un término de difícil concepción, que engloba multitud de variadas acepciones, pero que siempre nos orientan hacia algo positivo, bueno, que merece la pena alcanzar.

2.3.  La Axiología.

Tras estas definiciones que acabamos de exponer subyacen las diversas concepciones de las tendencias filosóficas del valor. Es la Filosofía y más concretamente una rama de ella, la Axiología (axios = valioso, estimable, digno, bueno y logos = tratado, conocimiento) «la ciencia que estudia los valores, su naturaleza, esencia y juicios de valor» (GERVILLA,  1988: 20).

Desde la Filosofía clásica hasta el nacimiento de la Axilogía se ha tratado el tema de los valores. Unos lo incluían en la Metafísica porque los valores están referidos al ser, otros en la Ética porque se ocupaban exclusivamente de los valores éticos, otros en la Estética porque la valoración y los juicios valorativos siguen pautas parecidas a las de la captación de la belleza y finalmente, otros en la Antropología cultural ya que los valores están vinculados al legado cultural de cada sociedad.

Desde el punto de vista de la Filosofía las teorías sobre el valor centran la problemática en una pregunta formulada por FRONDIZI (1977: 26): «¿Tienen valor las cosas porque las deseamos o las deseamos porque tienen valor? ¿Es el deseo, el agrado o el interés lo que confiere valor a una cosa o, por el contrario, sentimos tales preferencias debido a que dichos objetos poseen un valor que es previo y ajeno a nuestras reacciones psicológicas u orgánicas?»

Los inicios de la Axiología  como disciplina nueva, surgen bajo la polémica subjetivista y objetivista, esto es, si el ser humano crea el valor, o bien lo descubre.

Sin entrar en analizar las corrientes, debemos admitir, como tantos autores han hecho, que el valor existe en sí, pero no es algo material y tangible, sino en relación con las ideologías y culturas que lo matizan, perfilan y actualizan dentro de esas posibilidades cambiantes que su dinamismo comporta. Pero es también obligado reconocer el sentido ideal de los valores espirituales, como aspiración o conexión emocional.  Hay unos valores ideales, además son necesarios para el ser humano y sentimentalmente se sentiría vacío si no pudiera, al menos, desearlos como algo lejano y próximo a la vez. Sin tales ideales la persona no podría subsistir equilibradamente. Pero existe un mundo de valores sustrato de la cultura, sujeto a un dinamismo que los ha ido remodelando y adaptando a las circunstancias sociales imperantes, pero sin perder su esencia de entes ideales. En lo referente a los valores más complejos y universales, como la libertad, la verdad, etc., hay unas constantes atemporales, si bien no están exentos de matices circunstanciales. Como señala BARBERA (1981) si el valor es algo que existe, se tratará de averiguar cuáles son esos valores y de mover la voluntad para alcanzarlos, ya que son convenientes. Las escuelas tienen la obligación de detectarlos saliendo a la calle, colaborando con la dinámica social, y de consolidarlos.

Estas tendencias clarifican algún aspecto de la teoría o filosofía de los valores, por lo tanto, son susceptibles de ser consideradas siempre y cuando no se presenten como excluyentes sino como complementarias. Esta es la clave de interpretación ya que serán falsas si una tendencia se presenta como la verdadera. Claramente nos estamos posicionando en la última de las teorías expuestas. No obstante se ha de tener en cuenta que “la posición que se adopte frente a cada una de las cuestiones indicadas incide necesariamente en la metodología de la educación del valor” (ORTEGA y MINGUEZ, 2001: 21).

Independientemente de que nos situemos en una corriente o en otra lo cierto es que encontramos diferencias entre las valoraciones que realizan las personas ante una misma realidad. Los valores existen, subsisten, coexisten, son una realidad aunque con múltiples facetas. Son fenómenos con los que convivimos, que se manifiestan cotidiana y continuamente y son elementos decisivos en el desarrollo de la persona.

Las consecuencias de adoptar una u otra concepción de valor, esto es, el concebirlo como objetivo, subjetivo o ecléctico en la educación han sido sintetizadas por el prof. GERVILLA  de la siguiente forma: «Todo problema educativo es, en el fondo, un problema axiológico: si el valor radica en el hombre o fuera de él, esto es, si el hombre crea el valor o lo descubre. Ello conduce a un subjetivismo u objetivismo axiológico, o bien a una visión integradora y, desde estos supuestos, a otros tantos fundamentos educativos. Si los valores son subjetivos, la educación caminará cercana al significado etimológico de educere: sacar, extraer, dar a luz, etc. Y, en consecuencia, a un modelo de desarrollo, en el sentido teleológico de dentro a fuera, en el cual la educación se orienta a la estimulación de las potenciales del educando, hacia una educación no directiva, basada más en la libertad, autonomía, «laissez-faire» y creatividad. Por el contrario, si los valores son objetivos, la educación seguirá más los pasos del significado etimológico de educare, esto es, de conducir, guiar, orientar… conducentes a un modelo directivo, en el sentido teleológico de fuera hacía dentro, en el que se pretende llevar al sujeto hacia la meta valiosa previamente determinada. En este proceso, la autoridad, disciplina, instrucción y receptividad son aspectos connaturales al mismo. Y si los valores poseen una dimensión subjetiva y otra objetiva, o bien unos valores son objetivos y otros subjetivos, la educación seguirá los mismos pasos conducentes a un modelo de integración en el que, de modo ecléctico, se relaciona «educare» y «educere», dirección y desarrollo» (GERVILLA, 2000b: 40-41).

2.4. Importancia de los valores.

Entre los profesionales de la educación la coincidencia es unánime al reconocer que los valores son un elemento crucial en el proceso de maduración de la persona, y esto es así porque:

a) Son elementos imprescindibles en la configuración del proyecto de vida.

Nos enfrentamos al principal problema que tiene la persona en todos los siglos de su existencia: el sentido de la vida. Decidir y dar sentido a la vida es una cuestión que se ha intentado y se intenta resolver individual y colectivamente desde los albores de la Humanidad. Y es que “la vida de cada cual se define por los valores que prefiere, los que elige…Son los objetivos a los que tendemos, nuestras intenciones, los que determinan nuestra vida” (PÉREZ ALONSO-GETA, MARÍN IBÁÑEZ y VÁZQUEZ GÓMEZ, 1992: 11).

Sabemos que la persona se desarrolla bajo la influencia de esquemas de valor cuya realización considera deseable aunque no puedan ser jamás logrados por completo. En la medida en que se desarrollan esquemas activos para la conducta, ellos, los valores, ejercen una influencia dinámica sobre elecciones específicas (ALLPORT, 1985). Conforme esta propuesta sea más explicita, organizada y coherente, más fácil le será a la persona desenvolverse en la vida.

Y es que la utilidad de los valores, según PUIG (1993), reside en que dan sentido a la vida, son los que orientan la capacidad para reaccionar emocionalmente, dan pautas o criterios de juicio y de esta forma se convierten en guías de la propia acción.

Mediante el proceso de valoración se configura nuestro estilo de vida ya que “desde ellos pensamos, actuamos, decidimos y damos explicación y coherencia a nuestra vida… son el punto de partida y el resultado de un proceso prioritario de interpretación significativa de la realidad; son el origen del sistema articulado y armónico de los motivos, criterios y normas, modelos y proyectos personales de vida” (GIL MATINEZ, 1998: 37-38).

b) Configuran nuestra personalidad.

El papel de los valores en la vida de la persona es evidente e indiscutible. Cada ser humano posee un conjunto de cualidades y de características que le distinguen de los demás y que configuran su personalidad lo que a su vez, le proporciona la perspectiva que le permite entender su entorno y relacionarse con él y en esto los valores son un elemento decisivo. La persona que crece va descubriendo, conociendo, asumiendo, asimilando gradualmente los valores. Este descubrimiento adquiere cualidades más altas en la medida en que se apoyan en la relación persona-persona y en la relación persona-realidad. En esta afirmación se está haciendo referencia a dos aspectos de la persona: individual y colectiva.

Desde la perspectiva individual los valores junto con los hábitos, las aptitudes, las actitudes, etc., determinan  el comportamiento de una persona influyendo en el conjunto de experiencias que contribuyen a formar su personalidad. La experiencia individual es decisiva ya sea a nivel sensorial, de adquisición del lenguaje, y/o probablemente en la adquisición del sistema referencial de concebir el mundo. Los valores “están en la base de la autoestima, de la identidad de las personas” (SÁNCHEZ TORRADO, 1998: 35).

Desde la dimensión colectiva nos estamos refiriendo a que las personas vivimos con otras personas formando grupos, colectividades, sociedades. Como un miembro más  aprendemos de ello comportamientos, emociones, conocimientos, etc. Al nacer tan dependientes de nuestros adultos aprendemos de ellos todo, de ahí que las variables contextuales o sociales sean determinantes en el proceso de captación de unos determinados valores y son éstos el tamiz a través del cual entendemos nuestro entorno y nos relacionamos con él en las diferentes etapas de nuestra vida. Vivimos en sociedad y esto hace que el conjunto de valores vigentes influye en la captación que desde una perspectiva individual realizamos de ellos. Ese conjunto de patrones, de puntos de referencia, de modelos de comportamiento que son los valores, nos son trans­mitidos por la sociedad, la familia, las personas con las que nos relacionamos, los medios de comunicación, a través del sistema educativo o la música que escuchamos.

Es importante puntualizar que las diferencias entre las personas, con respecto a los valores, son una realidad indiscutible y ampliamente puesta de manifiesto. Esta disimilitud observada permite establecer unas bases diferenciales de la motivación, autoestima,  socialización, etc. cuya raíz la encontramos en variables personales referidas al ámbito socio-afectivo, en el proceso de enseñanza aprendizaje, o su desarrollo personal globalmente considerado (VILLANUEVA y SÁEZ, 1990).

Las dos dimensiones que hemos expuesto, individual y colectiva, se complementan y no se pueden entender la una sin la otra, conforman “un binomio totalmente integrado” (PAYA, 1997: 148). Entre ellas hay una relación dinámica y cuanto más concordancia encontremos en la escala de valores de una persona entre la dimensión personal y la colectiva mayor será su grado de integración social. Este equilibrio le ayudará a alcanzar parcialmente la felicidad (IZAL, 1990).

La educación se constituye como uno de los factores claves en la adquisición de valores y en que esa adquisición sea lo más acorde posible desde lo individual y lo colectivo, de ahí que se subraye esta doble dimensión de los valores e incluso que ha de ser considerada en la educación: “la introducción pedagógica en ese mundo (el de los valores) conlleva asimismo la elaboración personal –racional y autónoma- de principios generales de vida y de conducta, así como la construcción consensuada de normas  justas de convivencia y la adquisición de hábitos de comportamiento” (SANCHEZ TORRADO, 1998: 35).   Actual­mente desde todas las instancias educativas (Organismos Inter­nacionales, Investigadores, Padres, Sociedad, Gobier­nos, Educadores, etc.) se admite que el fin último de la educa­ción es el desa­rrollo integral de la persona. Entendida la educación como una ayuda en el proceso que cada persona desarrolla para llegar a ser plenamente ella, este proceso no puede realizarse sin ir adquiriendo experiencias significativas que orienten y construyan su proyecto personal. La mejor ayuda que podemos dar desde la educación es facilitar de estas experiencias significativas.

3. LOS VALORES Y LA EDUCACIÓN.

En el apartado anterior se ha analizado la importancia de los valores en el proceso de maduración de la persona porque son elementos imprescindibles en la configuración de su proyecto de vida y porque conforman su personalidad. En ambos procesos la educación, entendida globalmente en todas sus dimensiones y perspectivas, juega un papel fundamental.

3.1. La relación valores y educación.

Es unánime el acuerdo de que valores y educación son elementos indisolubles, esto es, no se pueden concebir los valores sin la educación ni viceversa. Los valores no existirían sin la educación porque ésta es el mecanismo más importante de transmisión y/o adquisición de valores, la que permite su existencia, permanencia e incluso su cambio o transformación.  Desde los valores “pensamos, actuamos, decidimos y damos explicación y coherencia a nuestra vida” (GIL MARTÍNEZ, 1998: 37) y todo esto está en función de la sociedad y del contexto histórico en que se produce. La educación interviene directamente en la interpretación de la realidad, los marcos de conocimiento desde los que nos percibimos a nosotros mismos, a los que nos rodean o a las realidades que nos circunscriben. El proceso de valoración, de captación de un valor es, necesariamente, un proceso educativo porque lo que diferencia los procesos educativos de otros procesos de aprendizaje es su perfectividad. Profundizar en si los valores pueden existir al margen de la educación es cuestionarse sobre la propia existencia de los valores, la educación y en última instancia, del ser humano.

Desde la filosofía de la educación, y para poner de manifiesto la importancia de los valores en la educación, se ha llegado a utilizar ambos términos, valores y educación, como sinónimos. MARÍN IBÁÑEZ (1993) define educación como aprendizaje humano intencional y valioso. La profesora ARROYO (1999: 144) va más allá considerando «la educación como aquella actividad, que pretende alcanzar la esencia del ser humano siendo ésta, por excelencia, el mundo de los valores y entendiendo que éstos últimos exigen una predisposición dinámica en el sujeto de búsqueda incansable».

Para los especialistas de la educación el estudio de la relación valores y educación es una cuestión de interés que se inicia en la década de los ochenta del pasado siglo y que tiene su apogeo en los noventa. Las razones son variadas: las crisis de valores consecuencia de la postmodernidad y su relativismo axiológico (GERVILLA, 1993a) o una razón más práctica: la necesidad de educación en valores que vino dada por la implantación de la LOGSE (QUINTANA, 2000). Probablemente ambas razones subyacen en la actualidad del tema.

El valor afecta al “qué” o contenido, al “cómo” o metodología y al “para qué” o finalidad. “Solo cuando el valor fundamenta estos tres ámbitos podemos calificar algo de educativo” (GERVILLA, A 1987) y es que el paralelismo entre contenido y proceso es bastante exacto cuando se trata de analizar la educación. Por lo tanto se pueden analizar los valores en el “qué”, el “cómo” y el “para qué” de la educación. En la revisión que se realiza a continuación nos interesa, fundamentalmente, el valor como concreción teleológica dentro del estudio de las finalidades educativas.

La educación va siempre unida a la idea de perfeccionamiento u optimización. Es quizá esta la única cualidad que tienen en común todas las acepciones y definiciones sobre educación. Implica que toda acción educativa estará siempre fundamentada, consciente o inconscientemente, hacia lo óptimo y perfectible. En otras palabras, la educación, constitutivamente, es orientadora de la acción humana a partir de un paradigma axiológico, un modelo de ordenamiento jerárquico de los valores que guían las opciones. Consecuentemente no puede pensarse en una educación donde no se dé ningún acto de valoración o simplemente que no sea un valor en sí. Y es que «la fuerza del uso nos ha hecho ver como correctas expresiones tales como: educar en valores, los valores en la educación, etc., sin percatarnos de que tales expresiones son redundantes. Es decir, cuando hablamos de educación necesariamente nos referimos a los valores, a algo valioso que queremos que se produzca en los educandos. De otro modo, no habría un acto educativo. Tendríamos, en todo caso, aprendizajes de  algo, pero desde luego no estaríamos ante acciones educativas» (ORTEGA y GIL, 1996: 9).

Desde esta perspectiva encontramos en la literatura educativa, (tratados educativos, textos legales, documentos internacionales, etc.) varios términos que suelen ser utilizados como sinónimos: valores, metas, fines, objetivos, patrones o modelos. Esta situación genera confusión terminológica.

El concepto de valor ya ha sido analizado. El término “meta” está en desuso y cuando se busca en los diccionarios recientes te remiten a fines, ideales u objetivos (DICCIONARIO DE LAS CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN, 1988). Las palabras fin, fines, meta, propósito, ideal, patrón, objetivo, etc. expresan todas ellas conceptos relacionados entre sí, y en relación con la finalidad de las acciones humanas y la educación. Para MARÍN IBÁÑEZ (1991) el término modelo es el de más amplia difusión en la literatura pedagógica contemporánea. A continuación se profundiza en este concepto.

3.2. Modelos de persona,  enseñanza, educación.

Al igual que otros muchos términos educativos, en la actualidad no hay acuerdo unánime acerca de la definición de modelo. Como hicimos con el valor, partiremos de  su etimología y su significado vulgar.

Etimológicamente “modelo” puede proceder del italiano modello (DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA, 1994) o del latín modus, modulus (AA VV, 1997), en ambos casos tiene un mismo significado “molde”, algo a imitar.

De entre las muchas acepciones del término en el DICCIONARIO DE LA       LENGUA ESPAÑOLA (1994) se han seleccionado las que tienen relación con el tema:

  1. Arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo.
  2. En las obras de ingenio y en las acciones morales, ejemplar que por su perfección se debe seguir e imitar.
  3. Esquema teórico, generalmente en forma matemática, de un sistema o de una realidad compleja… que se elabora para facilitar su comprensión y el estudio de su comportamiento.

Desde el significado vulgar del término, “modelo” pues, es un arquetipo, un ejemplo, una representación o un esquema teórico. El modelo ha sido una acepción muy estudiada desde la metodología de la investigación, presentando diversos matices de significados: recurso metodológico, interpretación o explicación de la realidad o teoría. No obstante “el valor de los modelos dentro de cualquier teoría es incuestionable, ya que mediante su aportación, la teoría puede llegar a la explicación o interpretación de la realidad, así como a la construcción de nuevas hipótesis” (ESCRIBANO, 1992). La última acepción vulgar del término se ajustaría a este sentido de modelo desde la perspectiva epistemológica.

Desde la Teoría de la educación, es de más interés la segunda acepción, esto es, el modelo siempre ha ido asociado al componente moral, al ejemplo, a los valores. Entendido modelo como “ejemplar que por su perfección se debe seguir e imitar”, estamos ante la concepción tradicional de modelo educativo y que el profesor SÁNCHEZ SARTO a mediados del pasado siglo en su manual “Filosofía de la educación”, lo define de la siguiente forma: “el modelo, en el orden moral, es una persona cuyo valor máximo personal y moral impulsa, al que la contempla comprensivamente, a imitarlo… los modelos nos presentan el mundo de los valores morales en toda su riqueza y magnificencia” (1936: 2141).

En la actualidad se mantiene y acentúa esa vinculación entre modelo y valores pero, al concretarlo en la educación, se han recogido las otras acepciones de arquetipo, representación o esquema. El DICCIONARIO DE CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN de las Ediciones Paulinas es un claro ejemplo de ello: por una parte afirma: “el modelo educativo cumple la función de facilitar, especialmente a nivel emotivo-afectivo, el pasaje histórico de los valores (entendidos objetiva y subjetivamente), de manera que se conviertan en principios de comportamiento para el educando y en instrumentos de continuidad histórica para el grupo” (1990: 1349); y más adelante “representa generalmente el soporte teórico… esquemas teóricos generales que operan a través de acontecimientos singulares y concatenados” (1990: 1351-1352). Igual ocurre con el DICCIONARIO DE CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN de la editorial Santillana (1988) solo que éste te remite a otros términos como “ideales de la educación” en su relación con los valores, con el prototipo de persona con sus virtudes y cualidades perfectivas que se pretende y “estilos de enseñanza” en su significado de arquetipo o esquema teórico los modos o formas del proceso educativo, “modelo de enseñanza”. Por lo tanto “modelo” puede tener tres acepciones: ideal/es de persona/s a imitar, esquema/s teórico/os general/es de educación y estilo/s de enseñanza.

Entre los profesionales de la educación, es admitida la necesidad de un esquema teórico general de educación que guíe y oriente el proceso educativo y que inevitablemente influirá en el estilo de enseñanza. Los modelos o estilos educativos son dinámicos, son una construcción cultural concreta y supone una elección de entre diversas posibilidades.

Otra cuestión es la de ideal/es de persona/s, su perfil. Tradicionalmente los modelos de persona propuestos solían ser o hagiografías o modelos inalcanzables por ser casi perfectos y alejados del educando. Esta situación se ha de revisar porque “la propuesta exclusiva de modelos excepcionales sacados de la literatura, personajes alejados de la vida y de los intereses personales de los educandos, tan frecuentes en la pedagogía tradicional, constituye hoy un grave error en la educación en valores” (ORTEGA y MINGUEZ, 2001: 28). Siguiendo a este mismo autor, la “pedagogía de los héroes” ha de ser sustituida por la pedagogía del hombre cotidiano, vulgar y común ya que los valores no son exclusivos de unos privilegiados, sino que forman parte de todas las personas, de la rutina de la existencia diaria. La perspectiva novedosa es que los modelos propuestos han de ser cercanos a los educandos, que utilicen su mismo lenguaje, con sus mismas necesidades y aspiraciones, que estén a su alcance y por tanto que puedan ser imitables en lo que tienen de valioso. La cuestión aquí es delimitar el término modelo con el adjetivo correspondiente (persona, educación y enseñanza) y la relación que existe entre ellos.

“Modelo de persona” es aquel arquetipo o estereotipo (si se sigue la pedagogía tradicional, por lo de inmutable que conlleva ambos términos) o prototipo (en tanto que “el más perfecto ejemplar y modelo de una virtud, vicio o cualidad” según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, y más adecuado a la educación actual) de  ser humano que por sus ideas, acciones y comportamientos , especialmente las morales, es digno de ser imitado, de constituirse en ejemplo. “Modelo educativo” es el conjunto de patrones o referentes, tenidos por valiosos, que representa la realidad, sus elementos característicos y relevantes y las relaciones entre los mismos.

Finalmente, “modelo de enseñanza” son los modos o formas en que se relacionan los diversos elementos del proceso educativo, especial atención tiene las relaciones interpersonales.

La relación entre los diversos tipos de modelos es la siguiente: partiendo de un modelo de persona se establece un modelo de educación del que se deriva un modelo de enseñanza. Esta relación se establece también en sentido inverso: un modelo de enseñanza tiene como referente un modelo educativo y a su vez éste un modelo de persona a alcanzar.

       Así pues, no existe un único modelo de persona ni de educación ni de enseñanza. Esta situación no es nueva y es posible que sea consustancial al ser humano ya que, incluso en régimenes dictatoriales donde aparentemente se impone un arquetipo o estereotipo de modelo de persona, de educación y de enseñanza, se admite la pluralidad las distintas maneras de concebir los modelos de personas. Prueba de ello es el hecho de que se admita, e incluso se enseñe este pluralismo en pleno régimen franquista. Así era enseñado en la década de los cincuenta por la profesora MONTILLA en su manual “La Educación y su Historia” a sus alumnos: “lo que satisface a unos, deja indiferentes o contraría  a los demás. Disparidad de criterios ésta que no puede extrañarnos, si se piensa en la diversidad de ideales que ponen los hombres como meta de sus aspiraciones, concordes con su modo peculiar de entender la vida” (MONTILLA, 1952). Esta es la razón de que este apartado se denomine “modelos” en plural, máxime si se considera que la tan repetida afirmación de que los modelos, en general y los educativos en especial, están circunscritos a un momento histórico, a una sociedad, a un grupo social y el última instancia a cada persona. A pesar de los avances científicos “el resultado ha sido la persistencia de la multiplicidad y variabilidad de doctrinas pedagógicas por falta de unanimidad en la adopción de un modelo de hombre. Resultado, por supuesto, lógico” (BOUCHÉ, 1992: 467). Y es probable que esta realidad lejos de ser un problema constituye uno de los motores, de avance social. La pluralidad educativa sólo es esbozada ya que posteriormente se tratará en más profundidad.

Otras cuestiones están directamente relacionadas con los modelos de persona, de educación y de enseñanza, además de los valores, en tanto que quedan incluidas en su propia definición: finalidades y relaciones interpersonales. En el caso de la educación, finalidades educativas y comunidad educativa.

3.3. Finalidades educativas.

Todo modelo educativo se propone unas finalidades educativas a alcanzar de un modo más o menos explícito, llegándose a afirmar que “son las que realmente configuran uno u otro modelo educativo” (FERMOSO, 1992: 130), de ahí que para aproximarnos al modelo educativo necesariamente se tengan que analizar las finalidades educativas.

Se entiende por fines las metas últimas de la educación, los ideales que, expresados a modo de principios generales, sintetizan las pretensiones perfectivas que engloban de forma unitaria el proceso educativo. Su función es orientativa, aglutinadora en la determinación de actividades y objetivos más específicos e inmediatos. De este modo, el fin da sentido y atractivo a los objetivos y actividades, ofreciendo pautas y horizontes en una misma dirección. Los fines son las metas, ideales, pretensiones perfectivas coherentes y globales que dan sentido al proceso educativo.

Y es que los fines, cuando son valiosos se constituyen en finalidades educativas. Éstas justifican el ejercicio de la acción educadora y actúan como guía que orienta tal acción. Desde esta última perspectiva son tratadas las finalidades en este punto, como pautas que “guían el proceso educativo”, como “constantes de las conductas propositivas intencionales, que no se reducen al ámbito moral” (TOURIÑAN, 1989: 34).

Inicialmente los fines eran analizados desde la distinción entre fin próximo y fin remoto: “fin próximo es el inmediato, el que se apetece directamente y fin remoto el mediato, el más alejado y al cual se ordena el fin próximo” (VEGA ALONSO, 1947: 169). Actualmente se admite que las finalidades pueden ser remotas o próximas, incluso se llegó a afirmar que las remotas eran las metas y las próximas los objetivos.

Otra discusión clásica en Teleología (ciencia que estudia los fines) surge del afán por establecer un único fin educativo. De hecho, es una polémica vigente, al menos hasta la década de los ochenta y en algunos tratados de educación se utilizaba finalidad de la educación en singular, en plural fines de la educación  o alternativamente fines u objetivo de la educación. El hecho de que durante la década de los noventa se haya analizado en profundidad el pluralismo axiológico de la educación, los diversos congresos de Filososfía de la educación o de Teoría de la educación así lo ponen de manifiesto, lleva a que en la actualidad se utilice el plural para significar que no hay una sola finalidad, sino que necesariamente ha de haber finalidades educativas. Mi posición con respecto a esta cuestión es clara desde el momento en que utilizamos el plural para denominar las finalidades educativas y las razones las mismas que hemos justificado en párrafos anteriores al referirnos a modelos y no a modelo.

Otra cuestión es “qué” finalidades educativas y “quién” las decide. Responder al “qué” y al “quién” es responder a una misma cuestión porque el “quién” determina el “qué” al mismo tiempo que es el responsable de la ejecución y eficacia de ese “qué”. En nuestra sociedad de la información encontramos varios “quién”. Es importante constatar que nos desplazamos desde de finalidades educativas generales a otras más concretas:

  1. Organizaciones internacionales. En última instancia los organismos internacionales establecen las finalidades generales y son normativas comunes para los países que las suscriben.
  2. Organizaciones intergubernamentales. Concretamente nuestra sociedad, como miembro de la Unión Europea, también está sujeta a sus prescripciones.
  3. Organizaciones nacionales. La Constitución, las Leyes sobre educación, Decretos y Órdenes Ministeriales son generadoras de finalidades educativas.
  4. Organizaciones autonómicas. En nuestro país y para aquellas Comunidades Autónomas con competencias en educación, los diversos gobiernos y parlamentos autonómicos tienen la posibilidad de aproximar a la realidad circundante dichas finalidades.
  5. Instituciones educativas. Los centros educativos desde las propuestas anteriores, las recogen y adaptan a su realidad. Esto se hace a través de los proyectos de centro en las instituciones educativas públicas y del ideario o carácter propio en las privadas en primera instancia. Posteriormente en los currículos de los diferentes niveles educativos y áreas de conocimiento y el profesor en sus programaciones también quedan plasmadas dichas finalidades.

La concreción de las finalidades es necesaria ya que de lo contrario puede tener consecuencias graves (AA VV, 1997). Como podemos apreciar un eslabón de esta cadena de finalidades educativas lo constituyen los idearios o carácter propio que es el objeto de estudio de la segunda parte de este trabajo.

3.4. Comunidad educativa.

Los valores, los modelos de persona, educación y enseñanza y las finalidades,  son conceptos abstractos. Necesariamente han de ser concretados para que en su puesta en práctica, acción educativa, y todos y todo puede influir para su consecución. Un paso importante en esa concreción es el nivel de las instituciones educativas y en ellas la comunidad educativa se constituye en el elemento esencial en la coherencia y eficacia del proceso educativo. Tan importante es que se define la educación como una tarea comunitaria, responsabilidad de todos (TEDESCO, 1994).

La comunidad educativa es un término relativamente reciente dentro de la literatura pedagógica, no así el concepto, en tanto que tradicionalmente se asume que el proceso educativo no es una cuestión exclusiva de los profesionales de la educación, como ya he mencionado anteriormente. Por lo tanto, todo el que interviene en la educación forma parte de la comunidad educativa: profesores, educandos/as, familia, personal de administración y servicios, especialistas de la educación, representantes de instituciones sociales o cualquier persona que directa o indirectamente interviene en el mencionado proceso.

No obstante este es un término acuñado y referido fundamentalmente, a la institucionalización de la educación y surge a partir de los reclamos de participación de las diferentes personas que intervienen en el proceso educativo: O dicho de otro modo “el término [comunidad educativa] se inscribe dentro de un concepto de educación que se cuestiona, el que la relación educativa merezca el nombre de tal si no se da dentro de una comunidad, si no se fundamenta en la participación” (DICCIONARIO DE CIENCIAS DE LA EDUCACIÓN, 1988), en la democratización de la educación

Desde esta perspectiva la comunidad educativa, con todos sus miembros, se constituye en el elemento clave para alcanzar y hacer real el modelo de persona, de educación y de enseñanza. Son los que cotidianamente transmiten los valores y más concretamente la jerarquía de valores propuesta por la institución educativa. La literatura pedagógica sobre los más importantes miembros de la comunidad educativa (funciones, nivel de participación en el proceso, responsabilidades… ) es abundante. Todos actúan como mediadores claves en la eficacia del modelo propuesto. Otra cuestión es la eficacia en la consecución de lo propuesto, del modelo de persona, los niveles de participación de los diversos miembros, etc. Es por esto que se ha considerado en la segunda parte de este trabajo.

Un análisis crítico de la comunidad educativa en la actualidad, recogiendo interesantes estudios, lo realiza SAN FABIÁN (1996), los problemas y dificultades de los centros, especialmente referido a las dificultades en las relaciones de las personas que la integran. El autor llega a una interesante conclusión la de que los centros deben plantearse la construcción de una comunidad escolar viva con altos niveles de participación y apertura al entorno social circundante.

3.5. Pluralidad axiológico – educativa.

            La relación o identificación entre educación y valores «comienza en el hecho de que la educación implica una referencia esencial a los valores, en el doble sentido de que si se educa es precisamente porque se desea conseguir unos valores y, por lo mismo, la educación consiste en una formación de valores en el individuo: se trata de que éste llegue a tener adecuadas ideas y comportamientos sociales, ideológicos, estéticos, morales, etc., lo cual supone que acepte y cultive los correspondientes valores» (QUINTANA CABANAS, 1998: 216).

Siguiendo este doble sentido, en lo referido al segundo, formación de valores en el individuo, la educación contribuye a que el ser humano se descubra a sí mismo, descubra el mundo y su profundo significado. El ser humano no tiene predeterminadas sus formas de conducta que le permitan la adaptación automática al entorno, ha de adquirirlos, aprenderlos gracias a la experiencia y a la educación. Cuando se enseña algo esta conectado con la manera de ser de la persona a la que va dirigida la enseñanza, sus capacidades, preferencias, intereses, etc., y tiene que ser positivamente valioso. La  vida humana en todos los planos, también en el educativo y social, es una continua tensión entre el ser y el deber ser, entre el hecho y el ideal, entre lo que existe y lo que queremos que exista, entre los bienes y las necesidades. Si contemplamos la cultura del pasado descubrimos en todas ellas valores. Una de las arduas tareas que tenemos como persona es  elegir y optar por esos valores, acercarnos al ideal.

Siguiendo el primer sentido propuesto, se educa para conseguir unos valores, la educación aspira alcanzar un modelo de persona que  sea el mejor modelo, el óptimo. ¿Cuál es el mejor, el óptimo modelo de persona? La respuesta a esta cuestión no es nada fácil ya que vivimos en una sociedad plural, esto es, en la que existen, coexisten se oponen y conviven valores, jerarquías de valores y por lo tanto, modelos de persona. Los medios de comunicación nos muestran diariamente pluralidad de formas de entender y vivir la vida. Parece que hoy casi todo vale  siempre y cuando alguien lo defienda. Que vivimos en una sociedad plural  es una realidad palpable y admitida hasta por nuestra Constitución. Probablemente el problema radique en que en el mundo actual las diferencias y preferencias axiológicas parecen acentuarse (MARÍN IBÁÑEZ, 1990).  Consecuentemente no encontramos un solo modelo de persona. En la conformación del modelo de persona hay que tener muy en cuenta el ámbito no formal e informal de los procesos educativos ya que “pensar en la educación limitada al ámbito escolar es hoy un anacronismo” (ORTEGA y MINGUEZ, 2000). Actualmente a la educación no formal e informal se le está reconociendo su importancia y peso específico en el proceso de adquisición y transmisión de valores en detrimento de la formal (QUINTANA, 2000; NEIRA, 2000; SÁNCHEZ TORRADO, 1998 entre otros).

Aunque se asume que “un enfoque excesivamente cognitivo del valor ha presentado a la escuela como marco privilegiado para la enseñanza de valores” (ORTEGA y MINGUEZ, 2000) y como acabamos de exponer probablemente su influencia esté sobrevalorada, lo cierto es que a la comunidad educativa le preocupa la cuestión de los valores en la institución educativa y reclaman una educación en ellos.

Significativa es la afirmación recientemente realizada por profesora González López (2000): “los maestros sabemos que gran parte de los conocimientos y valores se adquieren fuera del aula y que nuestro ámbito de influencia se reduce cada vez más”. Esta afirmación que está cargada de experiencia educativa y sentido común no concluye con la imposibilidad de educar en valores  desde la educación formal sino todo lo contrario “hay que asumir esta tarea de forma reflexiva y consciente” (GONZÁLEZ LÓPEZ, 2000).