La Cristología

Cristología como disciplina

La cristología es la disciplina teológica que se acerca a Jesús de Nazaret desde la comprensión que tiene de Él la propia fe de la Iglesia. El poner como requisito la fe, para acercarse a este judío del siglo I, no es algo que distorsione o estorbe. La fe es como el amor. No se mira de la misma manera a alguien que se ama, que a una persona por la que sentimos indiferencia, o incluso antipatía. Esto es interesante, porque el amor nos permite un acceso más profundo al interior y al misterio de las personas. Así pues, el amor tiene que ver con el conocimiento: hace falta amar para llegar a conocer. 

Por supuesto que estas consideraciones pueden resultar un tanto extrañas a gente que vive en una cultura de predominio de la ciencia. Pareciera que la neutralidad es un requisito indispensable para el conocimiento de la realidad. Y eso es cierto, cuando está referido al mundo físico o meramente biológico, pero no lo es tanto cuando hablamos de la relación interpersonal. No hay neutralidad para los esposos, ni para la relación del padre con sus hijos… La realidad personal requiere del amor como puerta de entrada para un verdadero conocimiento. 

Esto mismo pensó la comunidad cristiana primitiva acerca de su Maestro y su Señor: sólo se puede conocer a Jesús, si se le ama y se le sigue. Al amor que la comunidad profesa a Jesús de Nazaret se le llama “fe”. Por tanto, y así piensa la cristología, sólo conoceremos hasta el fondo a este judío si depositamos una mirada de fe en Él. 

A continuación, vamos a desarrollar la cristología en una serie de pasos, que articulan la reflexión que presentamos. En algún momento, puede ser que el texto os supere en cuanto a comprensión. Tened presente que no es un texto que haya sido concebido para enfrentarse a él de modo individual. Por ello, ante las posibles dificultades, aún cuando hemos tratado de hacer una traducción de los contenidos lo más accesible posible, tendréis a vuestra disposición al profesor correspondiente. 

La cristología tiene algo de aventura. Cuando se accede a este hombre de Nazaret, al que se le conocerá después como el Cristo, uno descubre una forma nueva de mirar el mundo y todo lo que nos rodea. En concreto, Jesús nos lanza un doble desafío: la gratuidad y la relación. En efecto, en un mundo donde nada es gratis, y todo responde a una lógica del interés y la rentabilidad, este judío nos muestra que las cosas más importantes de la vida son un regalo, que no es fruto de nuestros méritos o cualidades. Aprender a vivir desde la gratuidad sigue siendo todo un reto en nuestros días. De la misma manera, Jesús nos enseña que todo es relación, y que el ser humano, cuando vive en el aislamiento y la soledad, acaba muriendo. También esto tiene que ver con los cánones de la vida moderna: el deseo de independencia, una concepción individualista de la vida, el narcisismo contemporáneo, o incluso el “¡sálvese quién pueda!”. 

Por tanto, sería de desear que lo que aprendéis en estas páginas, fuera acompañado del esfuerzo por unirlo a vuestra vida. De este modo, nuestro empeño habría tenido su fruto. 

Las expectativas del pueblo de Israel

El análisis de los distintos movimientos socio-religiosos contemporáneos a Jesús (saduceos, fariseos, esenios, zelotas, pueblo, indeseables) nos da una idea de hasta qué punto es heterogénea la Palestina del s. I. Evidentemente, esta heterogeneidad afecta también a las esperanzas o expectativas que forman el humus religioso respirable en dicho contexto. Por ello, queremos explicitar las claves ocultas de sentido que configuran los anhelos más profundos de aquellas gentes. Pensamos que se trata de una tarea necesaria para constatar cómo el ministerio de Jesús no acontece en el vacío o en un contexto neutro. En efecto, la actuación pública de este profeta galileo, que configura la totalidad de su existencia, será descodificada desde los marcos conceptuales que funcionan en la mentalidad de sus contemporáneos. Veremos lo que Jesús tiene de judío, y aquello que, al mismo tiempo, es peculiar y singular en él. 

Las esperanzas de los contemporáneos de Jesús se pueden sintetizar en cuatro espacios. O de otra manera, cuando nos preguntamos cuáles son las esperanzas de los contemporáneos de Jesús, podemos encontrar cuatro ámbitos diferenciados: 

-Ámbito político: Estas expectativas políticas están motivadas por dos hechos fundamentales. El primero hace referencia a las sucesivas dominaciones extranjeras que el pueblo ha tenido que soportar. Después del destierro de Babilonia, el sometimiento a potencias extranjeras tiene el nombre de Persia, Grecia, Egipto, Siria y, desde la conquista de Pompeyo en el 63 a.C., Roma. Dominaciones que no sólo suponen la resistencia frente a los gravámenes económicos que conllevan, ni incluso la crueldad que en ocasiones muestran los romanos, sino ante todo la continua erosión de una confianza que se fundamenta en la peculiar elección de Dios con respecto al pueblo de Israel. Este aspecto podría entenderse así: “¿cómo nosotros, siendo el pueblo elegido por Yahvé, hemos de soportar la humillación de estar dominados por naciones extranjeras? ¿por qué Yahvé, nuestro Dios, no actúa?”. El segundo hecho que motiva una esperanza de orden político se debe a la fragmentación y división interior. Estas luchas de partidos, como las ocurridas entre Macabeos y Asmoneos en la historia pasada, condujeron a verdaderas guerras civiles que gestaron una época de incertidumbre y descontento en el pueblo al que Jesús va a destinar su misión. 

-Ámbito religioso: La época del destierro y el regreso a la tierra prometida (587-537 a.C) no ha supuesto un periodo neutro para la historia de la espiritualidad hebrea. En este tiempo se gestan la mayor parte de los libros bíblicos y, después de la vuelta de Babilonia, se tiene la certeza de que algo nuevo va a comenzar. Esta novedad se cifra en la esperanza de una profunda purificación del pueblo que, vuelto de corazón en fidelidad al Dios de la promesa, posibilite una nueva alianza. Puedes leer los siguientes textos, que expresan muy bien esta esperanza de contenido religioso: Ez 36, 25-28 y Jr 31, 31-34. 

-Ámbito existencial: La esperanza tiene también una dimensión personal que se hace patente en la confrontación del hombre con el sufrimiento, el dolor y la muerte. Como afirma E. Bloch, filósofo alemán, la muerte es la más fuerte “no utopía” que castiga al hombre con su impertinencia. Por ello, toda esperanza de liberación colectiva de tipo político o social carece de fuerza mientras no se tenga respuesta al sentido de la vida y de la muerte. Ésta es la inercia que empuja la reflexión veterotestamentaria, sobre todo en la literatura sapiencial y especialmente en el libro de Job. Es decir, aunque la resurrección después de la muerte no es un dato de la fe de Israel en los orígenes, con el paso del tiempo, y con la constatación de que muchas veces el justo sufre en esta vida, mientras que las mañas personas triunfan, se va planteando una esperanza de vida más allá de la muerte. Esta es una manera de asegurar que la víctima no va a triunfar por encima del verdugo, lo cual significaría, en gran medida, que la vida es absurda. Toda esta problemática se trata, por poner un ejemplo, en el libro de Job. 

-Ámbito apocalíptico: Se trata de una derivación especial de la esperanza judía del s. I. No sólo se contenta con una liberación política de la dominación extranjera o una revolución social que instaure nuevas condiciones económicas más justas, sino que la apocalíptica tiene la pretensión de afirmar que la historia ha llegado a su punto culminante y la llegada del fin del mundo es inminente. Dios irrumpe en la historia, somete a sus enemigos y acontece el juicio universal con la instauración de un cielo nuevo y una tierra nueva. La esperanza apocalíptica va a surgir en tiempos muy duros para el pueblo de Israel, donde se anhela que este mundo, tal como lo conocemos, pase y se dé lugar a un nuevo inicio, sellado por la mano de Dios. Esta esperanza apocalíptica va estar muy viva en los tiempos en los que Jesús desarrolla su misión. 

Estos aires de expectación precipitan en un concepto síntesis que aúna los cuatro ámbitos reseñados anteriormente y que está preñado de profundas resonancias para los oídos de los contemporáneos de Jesús: el Reino de Dios. La concepción de Dios como Rey es muy antigua, incluso anterior al tiempo de la monarquía, en la que Dios designa a un rey humano para que gobierne en su nombre. Pero esta designación humana nunca supuso merma en el convencimiento de que es Dios quien realmente reina (cfr. Is 52,7; Sof 3,14- 16). Por esta razón, aún cuando desaparece la dinastía davídica, la esperanza en el señorío de Dios no decae. 

Ahora bien, esta realidad no exime de un evidente peligro de entonces y de ahora: la ideologización del misterio. O de otra manera, la promesa de Dios va a ser descodificada, como venimos analizando, desde el apriori ideológico que sustenta la identidad de los distintos grupos que componen la sociedad judía del siglo primero. En efecto, hay grupos que esperan el Reino como lucha armada contra Roma; otros lo conciben como la llegada de un Mesías que instaure la piedad religiosa en el pueblo; otros incluso lo entienden como la irrupción del final del mundo. Por tanto, cuando Jesús anuncia el Reino de Dios, este anuncio tiene un punto positivo y otro negativo. El positivo es que Jesús habla un lenguaje que entiende todo el mundo. El negativo es que esta realidad, el reino de Dios, al estar cargada de contenidos muy diferentes, y de esperanzas muy contrastantes entre sí, tiene el peligro de ser malinterpretado en labios de Jesús. Esta evidente ideologización da credibilidad al hecho de que el anuncio y la praxis del Reino realizadas por Jesús producen una profunda decepción en sus contemporáneos.

Apuntes del profesor Dr. Serafín Bejar Bacas.

Bibliografía

  • BÉJAR, J. S., Dios en Jesús. Evangelizando imágenes falsas de Dios, San Pablo, Madrid, 2008.
  • BÉJAR, J. S., ¿Cómo hablar hoy de la resurrección?, Khaf, Madrid, 2010.
  • BÉJAR, J. S., Los milagros de Jesús. Una visión integradora, Herder, Barcelona, 2018.
  • KESSLER, H., Manual de cristología, Herder, Barcelona, 2003.
  • LOHFINK, G., Jesús de Nazaret. Qué quiso, quién fue, Herder, Barcelona, 2013.
  • SESBOÜÉ, B., Señor e Hijo de Dios, Sal Terrae, Santander, 2014.