La Biblia

Es muy difícil entender la historia de la humanidad sin tener en cuenta la Biblia. Con este término griego, que significa literalmente libros, se recoge la esencia de esta gran obra, pues está compuesta por setenta y cuatro libros. Estos han sido escritos y editados en un arco temporal que abarca más de mil años. En ellos se expresan las tradiciones y experiencias creyentes del antiguo Israel y de las primeras comunidades cristianas. Nos encontramos, por tanto, ante el testimonio de la búsqueda del sentido de la vida y de la historia de muchos seres humanos a lo largo del tiempo. Conocer la Biblia no solo es acercarnos a una obra patrimonio de la humanidad, sino también asomarnos a las raíces de nuestra cultura judeocristiana. 

Aunque la Biblia se puede ver como si solo se tratara de una obra literaria antigua, el modo más adecuado para leerla y comprenderla nos obliga a poner en relación dos mundos: el bíblico y el actual. Conocer el contexto cultural en el que nació, qué quiso decir en su momento histórico, en qué situación y con qué intención surge cada texto es un primer paso obligado. El segundo tiene que ver con permitir que la Biblia ilumine nuestro día a día y siga siendo significativa para nosotros. 

Desde una perspectiva creyente, no estamos ante un simple conjunto de libros antiguos. Se trata de Palabra de Dios expresada a través de palabras humanas. Es relevante para el cristiano poder comprender mejor su mensaje y la revelación Divina que nos transmite. Esta condición de Palabra de Dios convierte a la Escritura en un texto autoritativo y fundamental para la Iglesia. 

Aquella persona que asume la responsabilidad de educar en religión católica debe emprender la tarea de conocer la Biblia con rigor para poder transmitir cómo estos textos resultan significativos y autorizados para millones de creyentes a lo largo de la historia. 

La Biblia como literatura

Somos hijos e hijas de la imprenta. No podemos imaginarnos la vida sin los libros y sin el texto escrito. Esto hace que nos cueste situarnos en la mentalidad característica de una cultura oral, como es la del pueblo en el que nace la Biblia. Como estamos tan alejados de esta lógica, nos parece que la oralidad es solo fuente de malentendidos y que los relatos narrados así van concentrando innumerables variaciones incontrolables. Nada más lejos de la realidad. 

La comunicación oral es tan relevante para los pueblos antiguos que desarrollaron diversos recursos y reglas mnemotécnicas para evitar aquello que a nosotros nos parece “inevitable”: conservar los relatos en su esencia aunque se cuenten innumerables veces. Esto se debe a que esas historias transmiten lo nuclear de un grupo humano: su identidad más profunda. 

En el ámbito familiar se producía esta transmisión “de boca a boca”. De madres a hijos se narraban los relatos que constituían parte esencial de la educación de la prole y que les hacía conocer las historias de su pueblo, las raíces que les sustentan y quiénes son en lo más profundo. Solo después de un largo recorrido oral, se convirtieron en textos escritos. 

Desde esta perspectiva, es importante que tengamos en cuenta que, aunque a veces se nos haga difícil comprender un pasaje bíblico, estos se han conservado hasta el día de hoy porque Israel se descubrió reflejado entre sus líneas en su verdad más esencial. Infravalorar esas historias o tratarlas como si fueran “relatos infantiles” es desconocer la relevancia y la repercusión que encierran. Si nos cuesta comprender qué es lo que ha impulsado a Israel a guardar y proteger estas narraciones es porque aún no hemos captado su valor escondido. El reto será descodificar aquello que, desde nuestros parámetros, nos resulta enigmático.

Cuando nos acercamos a una Biblia, nos encontramos con un único libro, pues este es el modo en que normalmente se edita y publica. Con todo, La palabra Biblia es el plural del término griego biblion, que en griego significa libro. De este modo, entre las páginas de eso que para nosotros tiene apariencia de un único libro, nos topamos con un conjunto de obras de distinta extensión, géneros literarios, autores, lugares geográficos y momentos históricos. La Biblia recoge, por tanto, una verdadera biblioteca de obras muy heterogéneas. El punto de encuentro de sus distintos libros es que el pueblo creyente ha descubierto en ellos el empeño de Dios por establecer una relación de Amor con la humanidad a través de Israel. 

Al percibir la Biblia como un conjunto de libros, resulta más sencillo comprender que cada una de las obras que lo conforman requiere una lectura propia, un acercamiento.

Estructura de la Biblia

La “biblioteca” que es la Biblia se estructura en torno a dos grandes bloques: los llamados Antiguo y Nuevo Testamento. Este último pertenece solo a la Biblia cristiana. El origen y matriz de nuestro texto bíblico es la Biblia judía o hebrea, sin la que no podemos entender ni el Nuevo Testamento ni el modo en que comprendemos cómo Dios actúa en la historia y se comunica a la humanidad. Con todo, Nuestro Antiguo Testamento no coincide exactamente con la TaNaK o Biblia hebrea, pero sí comparten la mayoría de sus libros. La Biblia hebrea se divide en tres grupos de libros: 

  • Torah, Ley o Pentateuco, formado por los cinco primeros libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. 
  • Nebiim o Profetas, formado por los profetas anteriores: Josué, Jueces, Samuel y Reyes; y los profetas posteriores: Isaías, Jeremías, Ezequiel y los Doce profetas menores, Oseas, Joel, Amos, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahún, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías. 
  • Ketubim o Escritos, que es una especie de cajón de sastre donde están los libros de las Crónicas, Salmos, Proverbios, Rut, Cantar de los Cantares, Job, Eclesiastés, Lamentaciones, Ester, Daniel, Esdras y Nehemías. 

Seguramente no es esta la clasificación que encontramos en nuestras Biblias y, del mismo modo, echamos de menos algunos libros que no están en esta clasificación. Estas diferencias son las que explican la afirmación que hemos hecho de que la Biblia hebrea no corresponde exactamente con nuestro Antiguo Testamento. 

A partir de Alejandro Magno, el griego se convirtió en la lengua más utilizada en toda la zona del Mediterráneo. Este hecho y que las comunidades judías estaban ya muy dispersas fuera del ámbito de Israel, hicieron necesaria una traducción al griego de la Biblia judía. Esta traducción griega, llamada Septuaginta (LXX), parece que estaba ya terminada y muy extendida en torno al s. II a.C. El nombre de Septuaginta o La Setenta se debe a una tradición muy antigua que plantea que fueron setenta sabios los que, sin mantener contacto entre sí, realizaron esa traducción coincidiendo exactamente en el resultado. En esta versión antigua, se introdujo una clasificación de los libros distinta a la que tenía el texto hebreo. También se cambió el modo de llamar a los libros bíblicos (por ejemplo: 1,2 Sam y 1,2 Re se convirtieron en 1,2,3,4 Re), así como se añadieron otros (como Eclesiastés o Sabiduría). Esto significa que, antes de Cristo, ya había dos versiones del Antiguo Testamento. Una en hebreo, también llamado texto masorético (TM), y otra en griego o Septuaginta (LXX). El Antiguo Testamento cristiano se basa en esta última versión, lo que explica que tenga algunos libros que no conservamos en hebreo. 

Si, como hemos visto, el Antiguo Testamento se conserva en griego y en hebreo, el Nuevo Testamento está también en griego koiné, que era el griego vulgar que se utilizaba como lengua franca a lo largo de todo el Mediterráneo a partir de Alejandro Magno. El griego bíblico refleja, además, influencia del hebreo. Ambas partes de la Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, conservan también algunos pasajes o palabras en arameo. 

El Nuevo Testamento se redactó en menos tiempo. El texto más “antiguo” (1Tes) se escribe en torno a los años 50 de nuestra era. Los más “modernos” se escriben en torno al año 100 d.C. Esto hace que este grupo de libros sea más homogéneo en cuanto a temática y géneros literarios que el Antiguo Testamento. Podemos dividirlos en los siguientes grupos de libros: 

  • Evangelios y Hechos: Mateo, Marcos, Lucas – Hechos y Juan. 
  • Corpus Paulino: Que podemos subdividir en: 

o Cartas auténticas de Pablo: 1 y 2 Corintios, Romanos, 1 Tesalonicenses, Gálatas, Filipenses y Filemón. 

o Cartas Deuteropaulinas: 2 Tesalonicenses, Colosenses y Efesios. 

o Cartas pastorales: 1 y 2 Timoteo y Tito. 

o Hebreos 

  • Cartas católicas: Santiago, 1 y 2 Pedro, 1,2 y 3 Juan y Judas 
  • Apocalipsis 

Las Biblias de todas las Iglesias cristianas no tienen los mismos libros. Cuando en el s. XVI Lutero inicia la reforma protestante, desecharon aquellos libros del Antiguo Testamento que no se encontraban en la Biblia hebrea, excluyendo así los que solo se conservan en griego. Hablaremos del canon bíblico más adelante y explicaremos esto con algo más de detalle. 

Las traducciones de la Biblia

Nadie duda de la existencia de Platón o de Aristóteles. Conocemos sus obras y posiblemente hayamos leído algo de ellas, pero no tenemos acceso al documento original que estos filósofos escribieron en los siglos V y IV a.C. Es imposible poder acceder a los escritos que ellos tuvieron entre las manos, pero eso no significa que las versiones que tenemos no sean fiables y que no correspondan a lo que ellos plasmaron y expresaron por escrito. 

Cuando hablamos de escritos antiguos no podemos hablar con propiedad de “textos originales”. No existía copyright ni imprenta, sino que los manuscritos se copiaban a mano una y otra vez. Se tienen diversas copias de obras antiguas, como “La Ilíada” de Homero (s. VIII a.C.) o las “Odas” de Horacio (s. I a.C.), pero con ellas se hace una edición crítica. Llamamos así al texto que, con probabilidad, más se acerca al original y que nace de una comparación entre todas las copias que se tienen. 

Esto, que es lo normal en los estudios literarios, es lo mismo que sucede con la Biblia. Tampoco nosotros tenemos acceso al texto original ni del Antiguo ni del Nuevo Testamento. Lo que tenemos es, en realidad, una edición crítica que nace de la comparación de muchos e importantes manuscritos. Los materiales sobre los que se escribía en la antigüedad y en los que han llegado hasta nosotros los textos bíblicos son el papiro, el pergamino, los rollos y códices. 

El papiro es un tejido de tiras de papiro, que es un vegetal. Se trata de un soporte muy frágil y que se conserva con gran dificultad. El pergamino, en cambio, está hecho de cuero animal. Estos se cosían formando un rollo continuo. Más tarde se cambió el modo de coserlos: en vez de hacerlo de manera continua se unieron como nuestros actuales libros, lo que hacía más fácil su manejo y permitía aprovechar también el reverso de los pergaminos. A este formato se le llama códice y los más importantes y completos códices bíblicos que conservamos son los Códices Vaticano, Sinaítico, Alejandrino, de Alepo y Leningrado. Estos conservan partes muy extensas del texto bíblico, pero también hay otros muchos fragmentos más pequeños que también hay que tener en cuenta. 

Es fácil imaginar que la conservación de este material es complicada. No es difícil que sufriera deterioros y se perdieran algunas de las partes del texto escrito. Además, la copia a mano hace inevitable que se incluyeran algunos errores, como repeticiones, saltos de línea, confusión de términos que suenan igual, letras cambiadas, omisiones de palabras… Todo esto convierte en imprescindible el trabajo de los biblistas que se ocupan de la crítica textual y que proponen la versión que, con probabilidad, resulta la más cercana a la del texto original. 

La edición crítica más utilizada por los estudiosos para el Antiguo Testamento en hebreo es la “Biblia Hebraica Stuttgartensia”, mientras que en griego es la Septuaginta de Rahlfs-Hanhart. En el caso del Nuevo Testamento, la edición crítica de Nestle-Aland es la más empleada por los biblistas y ya va por su 28o edición, lo que muestra que a veces es necesario incluir pequeños cambios. Estas ediciones ofrecen el texto bíblico que los distintos autores consideran que tiene más opciones de ser verosímil. 

A partir de estas ediciones críticas se hacen las versiones en las distintas lenguas modernas. Nuestras Biblias castellanas son, en realidad, la traducción de estas ediciones en hebreo y griego. Es conocido el dicho de que “el traductor es un traidor”. En una lengua se esconde mucho más que un modo distinto de expresarse. Se evidencia una manera distinta de entender la realidad y una mentalidad diversa. Hacer una buena traducción es una tarea muy compleja, pues supone dominar ambas lenguas y expresar el sentido respetando el texto original. Esto explica que, aun siendo en el mismo idioma, haya bastantes diferencias entre una y otra Biblia.

Otro motivo por el que difieren las Biblias en castellano es porque se recurre a distintos criterios a la hora de traducir. Existen versiones que pretenden conservar más la literalidad y la cercanía textual con la edición crítica. Otras, en cambio, tienen una pretensión más pastoral y catequética, por lo que prefieren emplear lenguajes más comprensibles a la actualidad. De especial dificultad es la traducción de pasajes poéticos, donde muchos de los recursos fonéticos de la poesía se pierden al cambiar de idioma. 

Las Biblias modernas suelen tener algunos títulos que el editor incluye para ayudar al lector a situarse, pero que conviene recordar que no se encuentran en la edición crítica del texto bíblico. Del mismo modo, la división en capítulos y versículos es bastante moderna. En el s. XIII se impuso un modo de dividir la Biblia a través de capítulos para facilitar su manejo. La subdivisión en versículos se realizó aún más tarde, en el s. XVI. De esta manera resulta más sencillo ubicar con precisión los textos. Con todo, por más práctica que sea esta división en capítulos y versículos, hay que relativizarla, pues no siempre se ajusta a la longitud real de los pasajes. 

Textos recogidos en apuntes de la profesora Dra. Ianire Angulo Ordorika.

Bibliografía

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